Tránsito
(A propósito de la obra de Darío Manzano)
Algo habitual en la obra de Darío Manzano es la poderosa
carga emocional del exhibicionismo en sus piezas, pero no un exhibicionismo
físico, (no solamente, en dado caso) sino un exhibicionismo espiritual
dispuesto a transgredir la cotidianeidad de su público; Un exhibicionismo que
adopta motivos religiosos para pervertirlos pero, esto es lo increíble, sin que
por ello pierdan la esencia del símbolo original.
Tránsito, (Fotoperformance, agua, papel y cuerpo del
artista, fotografía digital, 9 módulos de 60x42 cm.) es un claro ejemplo de
esto último, una serie de fotografías que nos muestran al autor en un proceso chamánico
de sanación/sacrificio/renacimiento, que lo vuelve uno con las contadas
entidades entre cuyas destrezas está la de hacer de la muerte un proceso de autoconocimiento
para volver, con carne y sangre sublimadas, traspasando para ello la delgada
membrana de lo físico y lo metafísico.
Manzano no deja su imagen impresa en la fina capa que marca
su resurrección, no existe una sábana santa que sea testigo de un levantamiento
incorporeo por que la que la carne que resurge no es divina en tanto que sea
inhumana, sino es divina y blasfema al mismo tiempo y su carnalidad destroza el
sepulcro dejando una herida que evoca a Courbet y conecta, tal vez de manera
inconsciente, con una tradición blasfema de artistas bajo la marca de Caín cuya
condena sobre la muerte se confunden con la promesa de la vida eterna. El
paraíso es el arte, y el que crea en ello revivirá de entre los muertos,
volverá a los tres días, puro, carnal y poderoso, cual hijo bastardo de Dios.
Tránsito no es solo una metáfora visual, es una provocación
descarada a todo lo divino, un suicidio a través del cual el artista se
presenta como ídolo pagano de su propia religión.
Regocijémonos!
Mtro. Francisco Soriano
Fernández
México D.F. Junio 2015

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