Conmover y asombrar... no es lo mismo.
Una problemática al hablar de la enseñanza y aprendizaje de técnicas pictóricas es asumir que dicho aprendizaje sólo puede ser o debería utilizarse para la representación de motivos similares a los que fueron representados originalmente con dichas técnicas.
De este modo, muchos que se afanan en
aprender y reproducir el estilo y recursos de Rembrandt se sienten
comprometidos a la realización de retratos o escenas de interiores
claroscuristas en consciente o inconsciente homenaje al neerlandés. Cosa similar
sucede con Caravaggio y en menor medida con algunos renacentistas y pintores modernos, súperpoblando las galerías comerciales de personajes terrosos y desnudos idílicos sin mayor profundidad que una revista de Playboy (Que por cierto pronto dejará de publicar desnudos).
Obra de Ray Donley Obra de Alexander Shubin
Obra de Obra de Alexander Shubin y Marco Zamudio respectivamente.
Obra de Alexander Shubin y S. Carbonell
Dicho proceso (al menos en México pero me atrevería a decir que podría
percibirse en distintos países), ha traído como consecuencia una camada de neo-figurativos poderosamente influenciados por la existencia de la cámara fotográfica más que
por el estudio de las composiciones propias del tiempo del que han sustraído la
técnica. En el afán de ser universales y atemporales (no poca cosa) muchos de
estos autores obtienen resultados anacrónicos, ya no por la técnica sino por la
parquedad de los motivos que representan, cayendo en una atractiva belleza
kitsch, sensual y vana a partes iguales,
donde el soporte técnico de los grandes maestros (en el caso de los que realmente los han estudiado), apenas puede sostener una
falta de contenido y originalidad evidentes para los detractores de la pintura.
Claro está, la falta de complejidad a favor de la belleza es apenas la punta
del iceberg de una rama pictórica constituida de autores dormidos en sus
laureles técnicos aunque, hay que admitirlo, éstos suelen ser pintores muy
jóvenes, por lo que bien podríamos desear que esta fuera una etapa transicional
hacia una madurez creativa.
Obra de Jacob Collis.
Sin embargo, una importante cantidad de éxitos internacionales parecieron augurarnos lo contrario. La excelsa y aburrida obra de Jacob Collins amenaza con volverse un criterio de la pintura actual mientras que Roberto Ferri y sus exageradas anatomías neo-mitológicas robadas un poco de Doré, otro poco del Bouguereau más dramático y otro poco de Boris Vallejo (eso si, sin la sensualidad del peruano), le han valido el irresponsable mote de “El nuevo Caravaggio” título que le queda muy lejos en cuanto a técnica y creatividad.
Obra de Roberto Ferri y William-Adolphe Bouguereau respectivamente.
El diluvio, de Paolo Uccelo.
El pintor figurativo no tendría que sentirse atado a una
universalidad de cartón surgida de una melancolía conservadora, sino que
debería afrontar las problemáticas tanto artísticas como sociales de su época
para obtener resultados que, aunque pudieran ser pintados con las técnicas de maestros
del pasado, aporten algo más al discurso de la pintura más allá de un refrito
técnico de alardes manuales, cuerpos escultóricos y bellezas melancólicas para
asombro del público, algo que, si bien puede estar presente (el asombro siempre es un bue aperitivo), conlleven a los espectadores a una reflexión más profunda que la sola admiración de la técnica puesto que esta no enriquece sino al ego del pintor pero es fácilmente olvidada por el público saturado ya, de bellezas artificiales. La técnica no está ni puede estar peleada con la actualidad, la necedad de la imitación de los grandes maestros es como hacer que el impresionismo no ha pasado y lo que es peor, que las lecciones enseñadas por Manet no existieron jamás.
Mtro. Francisco Soriano Fernández.
Puebla, México. Diciembre 2015.
Mitch Griffiths – Consumption
Lorca García.
Dan Witz













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