viernes, 25 de diciembre de 2015

Conmover y asombrar... no es lo mismo.

Conmover y asombrar... no es lo mismo.

Una problemática al hablar de la enseñanza y aprendizaje de técnicas pictóricas es asumir que dicho aprendizaje sólo puede ser o debería utilizarse para la representación de motivos similares a los que fueron representados originalmente con dichas técnicas. 
De este modo, muchos que se afanan en aprender y reproducir el estilo y recursos de Rembrandt se sienten comprometidos a la realización de retratos o escenas de interiores claroscuristas en consciente o inconsciente homenaje al neerlandés. Cosa similar sucede con Caravaggio y en menor medida con algunos renacentistas y pintores modernos, súperpoblando las galerías comerciales de personajes terrosos y desnudos idílicos sin mayor profundidad que una revista de Playboy (Que por cierto pronto dejará de publicar desnudos).
                         Obra de Ray Donley                                                       Obra de Alexander Shubin

Obra de Obra de Alexander Shubin y Marco Zamudio respectivamente.


Obra de Alexander Shubin y S. Carbonell 

Dicho proceso (al menos en México pero me atrevería a decir que podría percibirse en distintos países), ha traído como consecuencia una camada de neo-figurativos poderosamente influenciados por la existencia de la cámara fotográfica más que por el estudio de las composiciones propias del tiempo del que han sustraído la técnica. En el afán de ser universales y atemporales (no poca cosa) muchos de estos autores obtienen resultados anacrónicos, ya no por la técnica sino por la parquedad de los motivos que representan, cayendo en una atractiva belleza kitsch, sensual  y vana a partes iguales, donde el soporte técnico de los grandes maestros  (en el caso de los que realmente los han estudiado), apenas puede sostener una falta de contenido y originalidad evidentes para los detractores de la pintura. Claro está, la falta de complejidad a favor de la belleza es apenas la punta del iceberg de una rama pictórica constituida de autores dormidos en sus laureles técnicos aunque, hay que admitirlo, éstos suelen ser pintores muy jóvenes, por lo que bien podríamos desear que esta fuera una etapa transicional hacia una madurez creativa.

Obra de Jacob Collis.


Sin embargo, una importante cantidad de éxitos internacionales parecieron augurarnos lo contrario. La excelsa y aburrida obra de Jacob Collins amenaza con volverse un criterio de la pintura actual mientras que Roberto Ferri y sus exageradas anatomías neo-mitológicas robadas un poco de Doré, otro poco del Bouguereau más dramático  y otro poco de Boris Vallejo (eso si, sin la sensualidad del peruano), le han valido el irresponsable mote de “El nuevo Caravaggio” título que le queda muy lejos en cuanto a técnica y creatividad.

Obra de Roberto Ferri y William-Adolphe Bouguereau respectivamente.

No obstante el punto inicial de este escrito se refería más bien al peculiar fenómeno de la imitación de motivos de acorde a la técnica con la que se realizan, de tal modo que las paletas acrílicas del pop americano difícilmente se utilizarían para la representación de temas barrocos y viceversa. Esta obsesión visual con los viejos maestros (y con algunos nuevos como Freud también) es una piedra en el zapato creativo que el pintor en formación debe excluir de inmediato de su discurso a favor de la certeza de que la técnica y la pintura misma es una herramienta y no un fin en sí mismo y que, como tal, puede aplicarse en infinidad de motivos, de los cuales aquellos similares a los que ya han sido representados, constituyen apenas una opción más no una obligación para el pintor actual. Y aunque Jacob Collins tenga razón y el representar la actualidad del pintor se haya vuelto norma con los impresionistas (Deliberación del Jurado · Concurso de Pintura y Escultura Figurativas 2013. Minuto 45.14 https://www.youtube.com/watch?v=XsHZDoz390c), es ridículo pensar que los pintores no buscaban, si bien inconscientemente, representar su época cómo se observa en los cuadros de Paolo Uccello y otros contemporáneos previos al Cinquecento. 

El diluvio, de Paolo Uccelo.

El pintor figurativo no tendría que sentirse atado a una universalidad de cartón surgida de una melancolía conservadora, sino que debería afrontar las problemáticas tanto artísticas como sociales de su época para obtener resultados que, aunque pudieran ser pintados con las técnicas de maestros del pasado, aporten algo más al discurso de la pintura más allá de un refrito técnico de alardes manuales, cuerpos escultóricos y bellezas melancólicas para asombro del público, algo que, si bien puede estar presente (el asombro siempre es un bue aperitivo), conlleven a los espectadores a una reflexión más profunda que la sola admiración de la técnica puesto que esta no enriquece sino al ego del pintor pero es fácilmente olvidada por el público saturado ya, de bellezas artificiales. La técnica no está ni puede estar peleada con la actualidad, la necedad de la imitación de los grandes maestros es como hacer que el impresionismo no ha pasado y lo que es peor, que las lecciones enseñadas por Manet no existieron jamás.  


Mtro. Francisco Soriano Fernández.
Puebla, México. Diciembre 2015.

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