viernes, 6 de febrero de 2015

De espejos y carne. Kusama y Nitsch, dos caras del absurdo.

De espejos y carne.
Kusama y Nitsch, dos caras del absurdo.


Dos hechos contrastantes han agitado la aburrida calma en la que se encuentra sumergido el arte mexicano desde hace ya un tiempo, el primero de ellos, la multitudinaria asistencia a la exposición  “Obsesión infinita” de Yayoi Kusama (22 de marzo de 1929, Matsumoto, Prefectura de Nagano, Japón) y la segunda, casi como un negativo de la popularidad de la obra de la artista japonesa, la condena y alarma que causó el anuncio por parte de la colección JUMEX de traer al artista Hermann Nitsch (29 de agosto de 1938 (edad 76), Viena, Austria) para, luego, cancelar la exposición escasos dos días antes de que fuera inaugurada.

En ambas muestras, la clave del éxito o el fracaso fue, con toda probabilidad, la promoción indirecta, (negativa o positiva) a través de las redes sociales: facebbok, twitter e instagram, tomadas por un público que las ha vuelto suyas para comentar, discutir, polemizar, exhibirse y dar netas sobre los eventos culturales en la ciudad de México y, ¿cómo no? tomarse la foto del recuerdo que, para muchos, es el motivo de la visita a los recintos museísticos en primer lugar.

¿Qué motiva una movilización colectiva de cazadores de selfies y otra de accionistas a favor de los animales a participar como público activo del arte? ¿Es reflejo del éxito en la creación de públicos en México o es que se tocaron fibras sensibles en la audiencia nacional?

Todavía más complicado es entender la respuesta del público si consideramos que ambos autores son hijos del periodo de la posguerra, en sus respectivas naciones, y que ambos rondan los 80 años, por lo que la génesis de su obra más temprana tienen como parteaguas eventos históricos y sociales ajenos a una gran parte de la juventud mexicana que inundó las salas del Tamayo y apedreó, virtualmente, la presentación de Nitsch, este último famosos por sus “neo/ritos/pagánicos” donde “sacrificaba” animales azuzando al público a entregarse a sus impulsos prehistóricos e integrarse al festín colectivo que, podría o no, remontarnos a nuestros orígenes de carne, sangre, erotismo y búsqueda de una divinidad no definida por la religión.

No obstante, mientras que la obra del austriaco proclama un ejercicio colectivo de catarsis, la obra de Kusama es una expresión de su propia y obsesiva búsqueda de originalidad, a la que nos da la oportunidad de acceder (“Gracias Yayoi”) a través de una particularidad importante propia del discurso estético y alejada de la espiritualidad buscada por el artista europeo. Los espejos infinitos de la japonesa nos llevan al juego óptico tan apreciado a través de la historia de las artes visuales. Kusama, textualmente, nos adentran a la obra saciando una necesidad emocional del público mexicano, la de ser tomado en cuenta.

México, como otros países con gobiernos disfuncionales y planes de educación tan deficientes como la secretaría que se encarga de ellos, ha creado generación tras generación de mexicanos ignorados por sus gobernantes, instituciones y medios de comunicación. Una cultura egomaníaca por falta de motivos que nos hagan pensar en la búsqueda de beneficios comunes para el colectivo, una suerte de cultura del “Sálvese el que pueda” de la cual el Distrito Federal es digno representante en, prácticamente, todos los ámbitos:  urbanos, sociales y culturales. Dentro de este sistema neoliberal, la cultura y el conocimiento es castigado con la burla o la indiferencia. Basta ver la preparación de nuestros gobernantes para saber que se premia el absurdo y la ignorancia con cosas tan trascendentales como la presidencia de un país, y donde ese capitán, ciego, cojo, sordo y con un ligero impedimento vocal, lleva las riendas de una nación donde, la gran mayoría de los que hayan terminado la educación superior, se hayan contra la lona al estar sobre capacitados para empleos que les permitirían ejercer sus conocimientos de manera digna, todo cortesía  del teje y maneje de la corrupta política mexicana.

Dentro de este México, desolado por la ignorancia y la muerte en su textual brutalidad, la obra de Kusama ofrecía un lugar donde, más allá del escenario montado por la japonesa, la obra te devolvía un reflejo confiable haciéndote parte de ella. Arte que te daba la impresión de que había sido creado para ti, para que te regocijaras en los reflejos de tu propia imagen apenas iluminada por las luces repetidas ad nausem, y donde el fenómeno óptico te dejaba disfrutar la estética inherente a los juegos de espejos sin que, necesariamente, tuvieras que ser un conocedor de la arenga conceptual que suele existir a la par de piezas incomprensibles para el común de los mexicanos. Es decir, que sanaba la necesidad de ser tomado en cuenta aunque fuera por un momento, tal vez, demasiado fugaz, donde cualquiera podía ser parte  de una pieza de arte actual sin temor de parecer ignorante, una obra de arte que estaba al alcance de cualquiera que dirigiera sus pasos al museo Tamayo, un triunfo para los huérfanos emocionales que somos casi todos los inconformes con la situación de nuestro país: “¡un arte que disfruto!, que siento mío y donde estoy interactuando, aunque no sea más que con mi propia asistencia reflejada por ese breve instante en que me volví uno con la obra de una artista internacional”. Logrando así una comunión con el bien montado personaje de la autora, dejando el arte y la misma obra a un lado para afectar la propia psique del público: “Yo soy esta pieza, necesito mostrarle a otros que yo soy esta pieza” un fenómeno que, como todo fenómeno viral, se auto consumió con celeridad arrojando las espectaculares cifras del museo Tamayo provocando el hartazgo de los que, a veces sin asistir, criticaban que la exposición se hubiera vuelto mainstream.

No obstante, el fenómeno viral constituyo la verdadera obra dejando a Kusama en segundo plano, no importa si era o no arte, sino que fueron las absurdas filas lo que constituyo la pieza que se respaldaba en la escenografía de la asiática, (Pensemos que el océano de selfies siempre era con las piezas de espejos y no con otras), una suerte de antidepresivo social vagamente artístico. Un modo de combatir la constante sensación de ser uno más en un país de muchos donde importan muy pocos. Un colectivo de marginados culturalmente superiores.

Cosa contraria pero que tal vez hubiera tenido una convocatoria similar (con sus correspondientes protestas de activistas desnudos bañados de pintura), habría representado la exposición de Hermann Nitsch quién, recientemente, dijo sentirse herido por la cancelación de su muestra explicándose el hecho debido a la situación social que vive México, algo que fue desmentido por la misma fundación JUMEX en una primera de muchas contradicciones en las que ha caído debido a este hecho, no dudemos que esta elaborándola una nueva explicación para el disgusto que tiene “profundamente herido” al artista Vienes.

Es muy probable que la presión del público haya tenido que ver con la cancelación de la muestra, pero sería demasiado pronto para anotarse esto como un triunfo a favor de chage.org (De hecho una iniciativa a favor de la muestra utilizó la misma plataforma para recolectar firmas aunque ya era demasiado tarde). Tampoco podemos dejar de lado el fallo curatorial de la colección Jumex, en la persona de Michel Blancsubé, quien, aparentemente, olvidó que el acervo fue concebido para cierto tipo de público, en su gran mayoría jóvenes adultos parte de la nueva clase media-alta, onda hipster/intelectual que, por lo general con sus mejores galas, recibe las inauguraciones en el recinto de Polanco convirtiéndolo en una pasarela  preocupada por las tecnologías autosustentables y los performances que desvelen nuestra profunda condición humana. En definitiva, no un público que se sienta identificado con litros de sangre animal real que, un artista pasado de moda, quiera arrojar a la nueva capilla que se ha vuelto el habitáculo de madera (Un edificio que busca, de hecho, hacerse uno con los discursos de auto sustentabilidad que promueve también la marca patrocinadora).

¿La inesperada reacción del público fue un fallo por descuido de la curaduría o se confió excesivamente en la madurez del respetable? Y otra pregunta ¿La condena al artista de parte de los protectores de animales es un rasgo de madurez o inmadurez? ¿Es exagerado o justo en un mundo cargado, cada vez más, a la sustentabilidad?

¿ Doble moral o un cambio de moralidad a un plano superior?
 De cualquier modo no deja de ser asombroso como es que se pasó por alto un simple análisis de opinión que podría haber ahorrado el bochorno a JUMEX.

¿Pensó Michel Blancsubé en el público al que iba dirigida la exposición?
Volvamos a ese público que abarroto la exposición de Kusama, una juventud con ganas de ser tomado en cuenta con su propia identidad visual hija de distintos movimientos de izquierdas a través del tiempo, pero con suficiente dinero para tratar de crear un binomio entre arte y cultura opuesto por completo a la actual clase dominante. Para ese público el problema de Hermann Nitsch no es tanto ser extremo, sino ser extremo pero poco cool, cero autosustentable y que, además, no está en sintonía con el mundo actual, un fósil viviente que navega cual celacanto, en una vanguardia de público que ha reemplazado la brutalidad de los 50´s por la, insisto, sustentabilidad del siglo XXI, donde los performance que integran desnudos son cosa de todos los días, e incluso formas de protestas, pero donde los animales pasan a ser considerados seres “sintientes” con derechos que impiden que se usen como parte de una obra (O un “deporte) aunque constituyan parte de una buena cena en los restaurantes que rodean la colección JUMEX.  Un público obsesionado por la autoidolatría que proporcionan las plataformas sociales, mismas que se consideran terrenos fértiles para activistas virtuales por las más variopintas causas.

¿Cómo podríamos hacernos selfies al lado de una pared llena de sangre y vísceras animales? La exposición de Nitsch era imposible de compartir en esas redes sociales. Recordemos el escándalo que se suscita cuando una celebridad aparece en una foto luciendo un abrigo de piel real, o cuando algún magnate o noble con pocas luces, quiere presumir el trofeo que acaba de cargarse en su viaje a África.
A nadie le importa realmente si el trabajo de Nitsch es arte o no, sino que es muy poco práctico y su presencia violenta una cultura del absurdo y la banalidad, muy funcional en el panorama de las artes mexicanas, citando a Leader:

La Cultura demanda que el campo visual se construya a partir de la exclusión de una imagen y cuando el elemento excluido regresa, perdemos las coordenadas que hacen real nuestro mundo.

Así las cosas, dos elementos, con larga historia en México, se enfrentaron en la arena que fue el público del arte. El primero de ellos, victorioso como cuando fue ofrecido por los españoles a cambio de oro, los espejos que tanto nos fascinan como pueblo y que ha creado una cultura de reflejos e irrealidades en la cual nos sentimos cómodos. El segundo, proveniente de una raíz oscura como el hecho en sí, la carne y la sangre que textualizan la brutalidad y pervierten la estética del arte cuando no están una pintura de Rembrandt, Soutine y, en la actualidad mexicana, Benjamín Domínguez o Rodríguez Graham, entre otros. Esa carne que no es humana y por tanto es sagrada en la busca del reencuentro previo a la caída.

¿Dónde queda el arte en esta confrontación?

¿Censurado y en la curaduría pretenciosa y fallida de JUMEX o en la inesperada rentabilidad del Tamayo?

Mientras las selfies sigan fluyendo y mi carne se quede en mi plato ¿A quién le importa?

I. Francisco Soriano
Febrero 2015. México D.F.

Un par de muestras del trabajo de ambos artistas: