Péndulos, el arte
humanista de Manuela García.
La mayoría de las voces disidentes a los nuevos movimientos
y estilos en el arte, (Y otros no tan nuevos pero de moda) suelen cuestionar
los valores artísticos posibles en disciplinas como la instalación o el arte
objeto, prejuzgando la imposibilidad de equilibrio entre discursos de complejidad
variable y piezas cuya manufactura se antoja risible y, en muchos casos, es una
mera excusa visual para soportar un ensayo conceptual que no alcanza la
complejidad de un discurso filosófico y termina como hoja curatorial en las
galerías de moda, llenas hasta el tope el día de la inauguración y vacías hasta
que el evento de clausura vuelve a llenarlas.
Por otro lado el mercado del arte, analizado hasta el
hartazgo por voces autorizadas en el mundo de la crítica europea y americana,
es un obstáculo difícil de superar a la hora de justificar el auge de uno u
otro artista cuya obra termina en clichés o refritos de sí mismo orientados a
una supuesta introspección de su propia carrera sin que esto merme sus precios,
a veces, multimillonarios.
Estas dos cuestiones, para bien o para mal, han creado un
bloque que, cada día, gana adeptos que acusan a los artistas conceptuales de
farsantes y señalan las enormes cifras de dinero que sepultan, según su
perspectiva, cualquier posibilidad de un discurso artístico “real”, reclamando
una vuelta a las tradiciones plásticas donde son pocas, alarmantemente pocas,
las propuestas que nos hablen de nuestra realidad, es decir, que contengan las
coordenadas sociales/artísticas de nuestra época.
Así pues, tenemos a un arte conceptual que campea a sus
anchas entre el mercado y la moda mirando de reojo a los señaladores que los
acusan y un arte tradicional replegado en los pocos espacios que, fácilmente, llegan
a ser galerías ornamentales saturadas de artesanos que claman que solo la
pintura, la escultura y el trabajo duro, son capaces de llevarnos a un destino
artístico.
En este pleito de egos la mayoría de los autores están
seguros de que son capaces de realizar “arte” asumiendo que su trabajo posee
las cualidades para ser considerado como tal y proponiendo una responsabilidad
para con el discurso y producción de la obra, negando todo débito sobre la
misma ya terminada como no sea cobrar las ganancias que puedan provenir de su
venta.
En el proceso de llevar la obra de la idea a la ganancia, el
público suele quedar en un segundo plano a excepción de aquellas piezas que se
respaldan en la interacción para hacer partícipe al espectador de la
experiencia artística, a veces proponiendo, a veces obligando, la intervención
del visitante para hacer “funcionar” la
obra, pero la mayoría de las veces sin que logre hablarle al concurrente de su
propia realidad sino, más bien, de cómo el “artista” lo ha "bendecido" con un poco del aura de su trabajo.
Este olvido del público como individuos es un sello de ambos
sectores de las artes visuales en la actualidad, un arte egomaniaco o que busca
la reflexión sobre la sociedad reduciendo a la gente a definiciones y
estadísticas o bien, proponiendo al autor, sus demonios y preocupaciones, como
tema, dando como resultado un continuo “exorcismo” a través de la producción
encadenándola a un romanticismo soso, si bien harto expresivo, de un personaje
que se considera tema suficiente para que una biografía pictórica/plástica llegue
a ser arte por valor propio y, por tanto, merezca la admiración de los
espectadores.
No obstante, son pocos los artistas que se reconocen como
habitantes de algo más grande, como parte de una sociedad y no como “agentes
del arte”. Autores que miran su obra como un modo de crear reflexiones
personales en la gente y ¿Por qué no? De hacer mejores personas antes y después
de la experiencia artística contenida en sus obras.
En esta tradición, perdida en el ansia de la exploración
estadística y el auto endiosamiento, hallamos algunas piezas que reclaman el
estatus del gran arte por derecho propio. Una línea de pensamiento artístico
que no discrimina en las disciplinas creativas dado que se centra en los
individuos como principal recurso artístico, dependiendo de ellos no solo para
hacer “funcionar” la obra, sino que la génesis de la pieza está en las mismas personas
entendidas como individuos, con sus miedos y preocupaciones, pero que a su vez constituyen,
cada uno, una sociedad que requiere del otro para subsistir. Bajo este
pensamiento el objeto artístico queda al servicio de la gente común, arte
pensado, en primer lugar, para servir a la gente, no para abrumarla con el
discurso o exigir su admiración, sino, simplemente, y en su sencillez radica lo
maravilloso de estas obras, para que la gente tenga una experiencia artística
fuera de su normalidad dentro de la normalidad, arte que se completa al recibir la temerosa participación de un
público al cual los foros culturales le han quedado muy lejos en la vorágine
posmodernistas.
Imagen tomada de Internet.
Hablamos de arte centrado en el ser humano, humanismo visual,
lo cual de ningún modo cancela el discurso filosófico pero lo pone en
interacción con la realidad, no desprecia la crítica pero toda teoría y todo
mercado queda en segunda instancia a favor de la experiencia de un público que
merece, por el mero hecho de existir, un respeto ausente desde siempre en los
foros culturales.
En esta línea de trabajo es refrescante el hallazgo de una
obra como “Péndulos” de la colombiana
Manuela García, una estructura cuyo montaje se antoja desde ya, metáfora del
equilibrio que la pieza busca. Una descripción general es tan aparentemente
sencilla como la obra, dos columpios unidos por las mismas cuerdas soportadas
por poleas que mantienen los asientos en equilibrio a una distancia prudente
uno de otro. ¡He aquí la genialidad! la pieza requiere, para su funcionamiento,
una interacción que se respalda en el impulso lúdico que nos lleva a
columpiarnos a la menor provocación, un gesto que hasta el más serio de los
ejecutivos de WallStreet se ha permitido al refugio de miradas que nos juzguen
de infantiles. El columpio nos lleva de vuelta a nuestra niñez y, casi de
inmediato, a los recuerdos felices del gesto, absurdo si se quiere, de movernos
en el aire en una primera visita a la verdadera gravedad cero de nuestra
infancia. Ya el columpio es evocativo e invita a olvidarnos del discurso de la
pieza, es más, nos invita a olvidarnos de que es una pieza de arte, pero no
como el célebre tobogán de 24 metros de Carten Hoeller, porque este columpio
tiene una particularidad, requieres a otro, a él otro, para poder acceder al
juego, un individuo de peso similar que equilibre el asiento antes de comenzar
el recorrido, entonces el espectador, ahora partícipe, se integra, no con el
arte, sino con el compañero de juego que se ha conectado al primero a través de
las cuerdas equilibradas mediante las poleas ¿Hablamos de un sube y baja
elaborado entonces? ¡No! el vaivén propio del columpio nos acerca y aleja como
metáfora de la comunicación humana. Tenemos en juego varios conceptos para este
momento, por supuesto no nos importan a menos que nos dediquemos al arte,
equilibrio, hermandad, comunicación. No son pocos los participantes que
entablan discurso una vez en la pieza/juego. La obra de García Invita a la
comunicación, al descubrimiento del otro y nos recuerda la necesidad del otro
para preservar nuestro propio equilibrio, nos pone en riesgo de que el otro se
levante abruptamente y nos deje caer, igual que pasa entre individuos y
naciones, necesitamos del otro como el arte necesita del público y viceversa.
Nos habla de necesidad, pero también de los fuerte vínculos humanos que
permiten la alegría, en última instancia esta obra nos habla de amor y en ese
aspecto, conecta con las obras más madura de Van Gogh, y si, está lejos de toda
pintura y cerca de ese arte demonizado por los conservadores, pero funciona a
un nivel no sólo conceptual, ni siquiera físico, sino emocional, es conmovedor
escuchar las pláticas desarrolladas sobre la estructura que opaca, sin duda
alguna, las demás propuestas de discurso político o social de la exposición “El
fuego y el carnero” exhibida hasta el 8 de Enero en el ExTeresa.
De muchos modos “Péndulos” es una pieza más ambiciosa y
complicada de lo que parece, asimila el sentido poético del arte y crea versos
a cada vaivén de los columpios, pero también es una obra que ha sido ideada con
amor y se nota, y en ese gran gesto de cariño que el autor siente por la pieza
hay un gran gesto de respeto para con el público, no un reclamo de ser
reconocido como arte sino una pequeña súplica de recordarnos que el arte puede,
y debe, servir para hacernos reflexionar, entre otras cosas, sobre nuestra
propia condición de humanidad, de hermandad y, más importante aún, de sociedad.
Mtro. Francisco Soriano
Veracruz, México. Marzo 2015.
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Es curioso, uno quisiera volver a tener la fuerza del blog como espacio de difusión e interacción académica en una era de mensajes cada vez más cortos y programáticos.
ResponderEliminarSucede que gran parte de lo que realizan los curadores es una sobrevaloración estética de piezas a las cuales se llegó por simple intuición de la forma.